
(Primera Parte)
1951. MI PRIMER ENCUENTRO FÍSICO CON CUATRO HOMBRES RUBIOS QUE VENÍAN DE MÁS ALLÁ DEL ESPACIO
(Por Pierre Monnet)
La carretera entre Courthézon y Orange, tiene un trazado rectilíneo a partir del primer kilómetro. Habitualmente tardaba entre quince y veinte minutos en recorrerla, a veces más, a veces menos, según fueran mi humor y mis ánimos. Por aquel tiempo no disponía otro vehículo que mi bicicleta. Realizaba aquel recorrido dos veces por semana, siempre los mismos días y aproximadamente a la misma hora. Mi objetivo: visitar a mi novia que, después, se convertiría en mi esposa.
Deseoso de verificar mis hazañas, tanto al inicio de la marcha como al final de cualquier viaje, fuera el que fuese, comparaba siempre la hora de mi reloj de bolsillo con la de los relojes de los lugares donde me hallaba. Aquel gesto, que se había convertido en un hábito. Ya se sabe que, cuando uno es joven, busca siempre superarse, aunque no fuera más que para "farolear" al día siguiente con los compañeros, informándoles, cuando la ocasión se preste a ello, de que el record del día anterior ha sido superado.
Aquel día no fue una excepción y, tras las verificaciones de rigor, subí a mi bicicleta. Pero no sucedió lo mismo que otras veces.
Tuve la pasmosa sorpresa de verme instantáneamente teletransportado cinco kilómetros más allá, siempre junto a la Nacional 7 , a la entrada de una vasta, sinuosa y profunda cantera de arena y gravilla. Conocía la existencia de aquella cantera, pero nunca había puesto los pies en ella. Estaba situada junto a la carretera a unos tres o cuatro kilómetros de Orange. La distancia que mediaba entre la cantera y la carretera era de unos diez a quince metros, y entre ambos se alzaba un seto de inmensos matorrales y de árboles de toda especie y de mediana altura.
Aquella "teletransportación" instantánea me dejó atónito. Sentía como si mi cerebro se hubiera vaciado. Estaba como alelado. Luego, a la manera de alguien superado por los acontecimientos, pero conciente de la realidad de la situación y de sí mismo, como dirigido por una fuerza irresistible empecé a subir el ancho del sendero en cuesta que se adentraba diez metros más abajo por la cantera sinuosa. No sabía por qué al llegar abajo de la pendiente, al nivel del fondo de la cantera, desmonté y avancé a pie empujando la bicicleta.
Sentía una extraordinaria ligereza. Tenía la sensación de que mis pies no tocaban el suelo. Me encontraba sosegado y distendido a pesar de lo insólito de la situación. Me sentía como alguien que aguarda algo inminente. No experimentaba el más mínimo cansancio. La emoción me cortaba el aliento y el corazón me latía a mayor velocidad. Y, sin embargo, no tenía miedo; al contrario, me sentía como habitado de una inmensa paz interior.
Curiosamente cuanto más avanzaba, tanto más continuaba una impresión similar a la que se siente al entrar por primera vez en el agua, a saber, algo así como una ligera opresión en los pulmones. Y, cosa extraña, progresivamente los sonidos exteriores se esfumaban, a medida que avanzaba por el fondo de la cantera, como si supiera con toda exactitud a dónde me dirigía...
En un recodo a unos sesenta metros delante de mi y detrás de uno de los multiples islotes de tierra que los tractores habían bordeado, percibí una luminosidad. Seguí acercándome, y a unos doce metros del islote que había rodeado, a unos quince metros delante de mi, vi "fotando", en suspensión a una distancia entre cincuenta y ochenta centímetros del suelo, un disco de forma lenticular cuyo diámetro medía entre quince y veinte metros.
Aquel disco estaba coronado por un abultamiento central en forma de cúpula. Verticalmente, aquel ingenio debía de medir unos tres metros. El disco irradiaba, mediante lentas pulsaciones, un color "blanco-plateado-azulado" que iluminaba nítidamente las paredes de la cantera a una distancia de unos diez metros. Aquel insólito metal que parecía ser la materia con la que estaba hecho aquel extraordinario artefacto de fascinante belleza. Del disco emanaba una potencia difícilmente concebible a quien no lo haya contemplado con sus propios ojos.
El "metal" del disco parecía a la vez material e inmaterial o, por lo menos, dotado de una estructura atómica interna en constante movimiento. Se trataba de algo que casi estaba vivo, algo ciertamente impresionante, inquietante y hermoso a la vez.
Lenta, muy lentamente, me aproximé a aquel objeto que parecía tirar de mi. Luego, al encontrarme ya muy cerca (a seis o siete metros), me di cuenta de que un silencio total se había establecido desde hacia mucho tiempo a mi alrededor. Ya no escuchaba el ruido de la circulación que transitaba por la carretera, la cual, sin embargo estaba solo a unos sesenta metros de distancia. Tampoco oía el canto de los pájaros nocturnos ni el de los grillos. No percibía el ruido de mis pasos ni el rodar de los neumáticos de mi bicicleta sobre la gravilla. Aquel silencio absoluto me hacía sentir la impresión de estar metido bajo una campana, una sensación de completo aislamiento. Sólo captaba el sonido de mi respiración, los latido del corazón y la circulación de mi sangre por venas y arterias.
Y, sin embargo, me sentía bien. Maravillado por lo que estaba contemplando, seguía avanzando. Probablemente, demasiado hechizado por aquel ingenio, no me había dado cuenta que ante mí y un poco hacia el lado del artefacto, se encontraban, puestos en pie, cuatro seres humanos que no pertenecían a este planeta. Iban vestidos con un buzo muy ceñido, constituido por un "tejido" flexible de color plateado luminiscente, formado por "escamas". Aquella vestimenta iluminaba el suelo a su alrededor hasta, por lo menos cinco metros.
Me desvié ligeramente hacia la derecha al verlos. Mientras los examinaba, avancé despacio hasta encontrarme sólo a unos tres metros de aquellos cuatro magníficos seres.
Había dejado de sentir el cuerpo. Inmóvil ante ellos, dejé mi bicicleta en el suelo, cerca de mi, y contemplé a los cuatro seres vivos, cuyo aspecto era perfectamente humano, aunque su origen no fuera terrestre. !Sabía que no eran terrestres!. No me preguntéis cómo ni por qué, lo sabía. Sería incapaz de contestaros.
Iban descalzos, con las manos descubiertas y no llevaban ningún casco para poder respirar; ninguno en absoluto. Fornidos, su forma era atlética. Su altura debía de ser por lo menos un metro ochenta y cinco (no los medí de cerca,...quien sabe, quizá se hubieran molestado). Los cuantro se parecían. Sus proporciones eran perfectas y su corpulencia idéntica. Eran auténticos duplicados...Su cabellera a la vez rubia y blanca, bajaba ordenadamente por sus hombros. El rostro era hermoso y fino. La edad podía oscilar entre los veintiocho y los treinta años. Su mirada era tan clara, dulce y franca, como nunca la había visto entre mis semejantes de la Tierra. Al acercarme, me sonrieron. Su finura y su belleza eran tales que, por el momento, dejando aparte los senos (en el sentido femenino de la palabra), durante los primeros cuatro segundos, no pude determinar si pertenecían al sexo masculino o femenino. Pero tras una breve vacilación, uno no se podía engañar: eran varones. De ellos emanaba una general impresión de gran vigor, a la vez exterior e interior; estaban forjados como atletas y sonreían, irradiaban tranquilidad, amabilidad y bondad. Una paz profunda precía habitarlos. El simpático aspecto de los seres de más allá del espacio es comunicativo; y la verdad es que me dieron ganas de arrojarme en sus brazos, como si los hubiese conocido desde siempre.
Levantaron los brazos hacia mi, horizontalmente, con la palma de la mano vuelta hacia lo alto. Realizaron aquel gesto casi a la vez y siempre en absoluto silencio.
Aquella actitud que, por lo menos me resultaba simpática, me inspiró una perfecta confianza. Acababan de hacer aquel gesto igual que lo hubierais hecho vosotros de haber sido visitados por alguien en vuestra casa a fin de nvitarlo a entrar o a acercarse.
Sin embargo, realicé un conato de retroceso mientras una intensa sacudida me recorría de pies a cabeza: ¡acababan de expresarse en mi, sin haber despegado los labios!. ¡Escuchaba con extraordinaria potencia sus pesamientos, dentro de mi cerebro y de todo mi ser!. La nitidez y la claridad eran extraordinarias. Al mismo tiempo supe que los pensamientos no se expresaban a través de palabras, sino que eran como impulsos codificados mezclados con imágnes y conceptos profundos que me resultaban extraños, aunque a la vez, familiares.
Aquellos seres me hacían partícipe por primera vez de un proceso de comunicación telepática a la que yo no estaba habituado y cuyo "mecanismo"no comprendía; proceso que, me aseguraron, era perfectamente natural, existente desde el comienzo de los tiempos, pero que el habitante de nuestro planeta perdió desde su caída, cuando dejó de obedecer a las leyes universales. El "mecanimo" de tal proceso, permitía, si me es lícito expresarme así, una sobre impresión de los elementos fonéticos de mi vocabulario en los pensamientos emitidos por aquellos seres, a los que no tardaría en calificar de "maravillosos"...
Aún admitiendo que pudiéramos encontrar en nuestro pobre lenguaje , los términos precisos aptos para traducir adecuadamente lo que me fue "dicho" ("expresado" sería una palabra más exacta), la cantidad de cosas que se me revelaron en un breve lapso de tiempo, que calculo de unos veite minutos, sólo podría volver a expresarlo en nuestro lenguaje en un tiempo mucho más largo. Posiblemente tardaría un año o dos, dedicándole al trabajo unas ocho horas diarias.
Por una parte me resulta difícil traducir, lo que se imprimió en mi, a causa de la parquedad de nuestro vocabulario, por otra, me es imposible decirlo todo en el momento actual. Os dejo a vosotros la tarea de imaginar el número de volúmenes que tendría que crear para que la transmisión fuera verdaderamente total y completa...¿Debo esperar un "desbloqueo lingüístico" ulterior?...
Humildemente debo confesar que, de momento, estoy llegando al límite de mi posibilidades, y lo lamento de veras...Porque en mi fueron depositados, no los términios, sino algo parecido a pensamientos y conceptos codificados en forma de impulsos para los cuales no acabo de hallar las palabras que los traducirían, a no ser de forma lenta, muy lenta, en el curso de muchos años; con excepción de algunas frases aisladas, que pude traducir instanténeamente porque se hacía necesario en esta o aquella situación urgente con ocasión de ciertos contactos.
La traducción de los conceptos, depositados en mi aquel primer día de contacto físico, sólo empezó a realizarse dos años después. Pero aquí os muestro algunas frases sueltas que pude comprender inmediatamente al punto de ser emitidas.
—Sentimos que hay temor en ti... Que el temor te abandone, queremos el bien de todo se vivo, especialmente sino es agresivo.

